Periódico ABC

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  1. Las críticas contra la gestión de Pedro Sánchez de la crisis del coronavirus siguen aumentando. Si bien los reproches a nivel nacional al presidente del Gobierno son más que habituales desde distintos sectores, desde el exterior también han llegado las voces discrepantes. Periódicos como «The New York Times» llegaron a tildar la respuesta del líder socialista a la epidemia del Covid-19 como «vacilante». Una cascada de críticas a las que recientemente se ha sumado una organización cercana al partido de Angela Merkel, la CDU. Se trata «Konrad Adenauer». Esta fundación, una de las más influyentes de Alemania, ha elaborado un informe en el que critica el tono de Sánchez con los socios de la Unión Europea que rechazan los coronabonos. Una actitud que la formación atribuye a un intento de «distraer la atención de sus errores». Un punto en el que hace especial incidencia el informe es la actitud del Gobierno con respecto a la convocatoria a las manifestaciones del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. «En febrero, el virus se extendió a España y ya había serias advertencias de un contagio inminente a finales de mes. Sin embargo, el Gobierno desoyó las advertencias y restricciones a la libertad de movimiento porque no quería cancelar las manifestaciones masivas del 8 de marzo», señala el comunicado. «Fue solo el 9 de marzo cuando el Gobierno emitió sus advertencias, marcándo ese día como la fecha oficial para el inicio de la pandemia en España. Aparentemente, varios miles de personas se infectaron en las manifestaciones, incluida la esposa del presidente Sánchez, la vicepresidenta Carmen Calvo e Irene Montero, ministra de Igualdad. Desde entonces, el virus se ha extendido exponencialmente por todo el país. La región de Madrid es la más afectada. Según el Gobierno, desde el 15 de marzo, se han realizado entre 15.000 y 20.000 pruebas todos los días, particularmente en el caso de enfermedades graves. Hasta ahora, falta el material para más pruebas. Además, el equipo real y personal de los hospitales y clínicas para la necesidad actual es completamente inadecuado», asegura el informe.
  2. El PSOE ha enviado una circular a sus parlamentarios pidiéndoles combatir contra los «bulos y manipulaciones» que puedan surgir y que durante estos días en los que el coronavirus copa toda la actualidad, pues, según el comunicado «no se puede permitir la deslealtad». La carta, cuya fecha data del 2 de abril y firmada por el ministro Ábalos y la portavoz Adriana Lastra, sale a luz en una semana en la que ABC ha decidido dejar de participar en las ruedas de prensa sobre el coronavirus controladas por el Gobierno. La misiva pide a los miembros socialistas que, «además de ser ejemplares en vuestro comportamiento cotidiano...», «utilicéis vuestra capacidad de comunicación en vuestras áreas de influencia, con artículos, vídeos o participación en redes sociales para hacer un llamamiento a la unidad, a la esperanza, para denunciar bulos». Desde el comienzo de la crisis del Covid-19, la Secretaría de Estado de Comunicación (SEC), dirigida por el periodista Miguel Ángel Oliver, ha implementado un sistema que impide que los periodistas formulen preguntas en directo al presidente del Gobierno. Lo que ha hecho que un buen número de medios se sumen a la decisión de este medio. Además, cientos de periodistas se sumaron al manifiesto titulado «La libertad de preguntar» en el que se rechaza el método implementado en el palacio de La Moncloa.
  3. La vida, por sí misma -y sin ningún tipo de ayuda-, es la mayor de las injusticias posibles, porque nos recuerda permanentemente que su culmen es la muerte. Por otra parte, atendiendo a su máximo grado de evolución, es lo más justo a lo que uno puede aspirar porque no permite excepciones en su final. El nombre que representa la vida que me corresponde vivir es Gema. Vivo, y moriré, como cualquier otro ser humano, amparada por el sistema legal que rige en la sociedad donde me encuentro integrada. Llevo 45 años de relativamente apacible viaje. Nací en el seno de una familia de lo más normal, en una época de pleno desarrollo de un país que siempre he considerado agradable y moderno y que, hasta hace bien poco, me ha ido surtiendo de lo necesario en todos los planos. Siempre he estado muy ligada al entorno en el que me ha tocado desarrollarme, y lo hice con entusiasmo y con la alegría que supone el no sentirme un ser individual y extraño, siempre colaborando. Sin duda, de entre todos los grupos sociales que me han tocado en suerte, y que, hasta ahora, me han ido arropando y enriqueciendo como persona, el más importante, valioso e irrenunciable está siendo mi familia. Soy muy afortunada de tener los padres que la iniciaron, unos hermanos que la continuaron, un marido, cuñada y unos sobrinos e hija que la siguen acrecentando en una línea de continuidad, creedme, envidiable. No me he equivocado en el párrafo anterior cuando utilicé el tiempo presente del verbo para referirme a mis progenitores. Cierto que ya no están con nosotros, pero su presencia espiritual nunca se disipará porque su espíritu forma, y seguirá formando, parte del mío y de los de mis hermanos, hija y sobrinos. Hace ya año y medio que el cuerpo que albergó la figura de mi madre nos lo acabó arrebatando la odiosa enfermedad del Alzheimer. Mi padre tampoco está. Sin hacer ruido y sin molestar, hace menos de una semana, y de manera muy rápida, alguien decidió que no tenía derecho a seguir viviendo. Alguien decidió, sin consultar a la familia, que era un ser no prioritario y que, por ello, no tenía derecho a ser cuidado en las mismas condiciones que cualquier otro ciudadano de este país. Inmersa en la ceguera de mi enojo, no acierto a entender qué diferencia existe entre ser no prioritario y ser susceptible de aplicación de una eutanasia encubierta no consentida. Y me pregunto, ¿quién es nadie para decidir quién debe vivir y quién debe morir sin dar oportunidad a la actuación, certera o no, de los medios físicos y químicos de los que dispone de la sanidad pública en un último intento de recuperación de la salud perdida? Me pregunto, también, una y otra vez, en el ofuscamiento que me produce la injusticia a la que ha sido sometido mi padre, ¿qué daño habrá hecho él para que no se le puedan aplicar remedios de contrastada eficacia de recuperación de su enfermedad, como a cualquier otro ciudadano? Es mucho el dolor que siento después de los acontecimientos vividos, e intento paliar ese daño forzando a mi memoria a producir recuerdos agradables sobre la vida disfrutada al lado de mi padre y recuerdos no tan agradables sobre sus años de niñez y juventud. Mi padre tiene 83 años (sigue vivo en mis neuronas). Como para otros muchos millones de españoles de la época, sus primeros años no fueron fáciles. Nació entre bombas en la tan nombrada fraticida Guerra Civil y luego le tocó vivir la cruelísima posguerra acompañado de la amistad de la miseria y las cartillas de racionamiento. Quizá por eso tuvo que empezar a trabajar de sol a sol con apenas siete años de edad. ¿Podemos hacer un pequeño ejercicio de reflexión para darnos cuenta de la situación vivida por él en aquellos años? ¿Podemos pensar en nuestros hijos en condiciones semejantes? Mi padre fue uno de los muchos que, con su sudor, colaboró en la reconstrucción y construcción, directa o indirectamente, de este país, del estado de bienestar que disfrutamos ahora. Trabajador incansable desde siempre, consiguió construir además una familia modélica llena de valores para que pudiesen continuar la labor iniciada por él y así poder retirarse a descansar y disfrutar de una juventud que en su día le fue negada. Y así estaba, feliz. Así, con sus 83 años, se mantenía jovial y activo todos los días viviendo solo en su casa. Todavía con ganas de comerse el mundo pese al varapalo que supuso el hacer de enfermero hasta las postrimerías vitales de su amada. Con mucha actividad social y familiar, sin pedir nada, valiéndose por si mismo… hasta que se cruzó en su camino el Covid-19. Su última, muy cruel y corta historia vital empezó el pasado 9 de marzo. Se levantó ese día, como cualquier otro hasta que un síncope lo dejó tirado en plena calle. El equipo médico que lo atendió le diagnosticó una atrofia ventricular y fiebre de origen desconocido y, lejos de ingresarlo, ante la ya más que incipiente pandemia, lo trasladó a su casa. Como su estado no mejoraba, su médico de familia lo atendió al día siguiente y, pese a los síntomas (náuseas, fiebre alta y malestar general) y acabó diagnosticando gripe común y prescribiendo paracetamol, mucha agua y reposo. Sin atisbo de mejoría en los siguientes días, mis hermanos y yo quisimos ponernos en contacto con servicios médicos por varios medios (112, 900 especial Covid 19, centro de salud…) sin que nos hicieran caso de la voz de alarma y del auxilio que reclamamos más allá de decirnos que continuase con el tratamiento prescrito. No fue hasta el domingo, día 15, cuando conseguimos que nos hicieran caso. Ese día acabaron trasladando a mi padre de urgencia al hospital donde acabaron concluyendo que su “gripe común” ya había evolucionado a neumonía y que era preceptivo hacerle el test de detección del covid-19. Me mantuve todo el domingo en el hospital muy inquieta a la espera de que alguien me comunicase qué estaba ocurriendo. El lunes mi propio padre me dijo que había dado positivo por coronavirus. Intenté ser positiva y decirle que todo iría bien. Ese mismo día, esperó mi marido hasta el mediodía para escuchar de primera mano el diagnóstico del médico. La doctora le había transmitido que mi padre tenía una respiración muy comprometida (poca saturación pese a que se le estaba administrando oxígeno) y que había que dar un tiempo y esperar para ver la evolución real. Mantuvimos con mi padre un contacto continuado durante el resto del día y él no se cansó de repetirnos lo que ya le había dicho a la doctora: “yo me encuentro bien”. El día siguiente, martes, fue muy parecido. Además de la neumonía severa que estaba sufriendo, su situación se complicaba debido a un neumotórax que había sufrido hacía cincuenta años y que, hasta entonces, no le había causado ningún problema. Me ofrecieron entrar a verle, pertrechada con los EPI´s preceptivos. Efectivamente, pese a la gravedad, mi padre seguía siendo el mismo y me repetía que se encontraba incluso mejor que cuando había llegado al hospital. Salí convencida que acabaría superando a la “bestia” del virus. Sin embargo, al día siguiente, a través de mi hermana recibimos el palo más grande que nos podían dar. Nos dijeron que mi padre estaba muy malito y la completaron diciéndonos que mi padre era un claro caso de enfermo con necesidad imperiosa de intubación pero que no lo harían porque no era un enfermo prototipo, ya que superaba los 80 años y sus pulmones no estaban bien para recibir semejante tratamiento. Nos comunicaron también que ya en el desayuno le habían suministrado morfina. Su doctora, con lágrimas en los ojos, me dijo que en casos similares lo que suelen hacer es sedarlos desde el principio, pero como mi padre estaba en su pleno juicio le había parecido injusto tomar semejante decisión. El mismo miércoles y el jueves, todavía no sé ni cómo, tuvimos que hacer de tripas corazón y, mediante vídeollamadas, transmitirle la unión de la familia. El pasado viernes 20 de marzo, pese a tener cuatro hijos, un yerno, una nuera y cinco nietos, mi padre acabó exhalando su último suspiro solo, sin que pudiéramos acompañarle en tan duro trance devolviéndole todo el cariño y el amor que nos había dado y que se merecía. Y que después de todo esto, que tenga que leer que algún responsable político dice que “se ha dado cuenta de que España está plagada de mayores”, o que tenga que ver en la televisión cómo el Vicepresidente pide encarecidamente el confinamiento de los ciudadanos mientras él se salta a la torera su cuarentena, por lo menos dos veces, teniendo a su mujer infectada. A mi padre, un hombre con nombre y apellidos, con una familia que lo amaba y una historia muy dura vivida, a sus 83 años se lo llevó por delante el coronavirus. ¿Quién sabe si por la negligencia de los que nos gobiernan al no anticiparse a lo que podría ocurrir en España viendo lo que ya estaba ocurriendo en otros países y, sobre todo, desoyendo las recomendaciones de instituciones internacionales de relevancia (la OMS) cuando ya en enero advirtió de la gravedad que podía alcanzar esta pandemia? ¿Quién sabe si por todavía más negligencia de los que nos gobiernan allá por principios de febrero, cuando negaron la mayor en el momento que las empresas iban abandonando su presencia en la feria de Mobile Word Congress por medio a la pandemia? ¿Quién sabe si mucha más negligencia de los que nos gobiernan permitiendo espectáculos deportivos, cines, teatros, salas de fiesta, celebraciones religiosas, bares y restaurantes abiertos, clases en universidades y colegios y las alentadas y politizadas manifestaciones del 8M? Nunca sabré si intubando a mi padre se hubiera podido salvar o era su destino y habría dado igual cualquier tratamiento. Lo cierto es que el sistema nacional de salud, lejos de preguntar a la familia, decidió por si mismo que mi padre no tenía derecho a disfrutar de los medios adecuados para intentar salvar su vida y que allí se terminaba todo. Quizá el verdadero problema fue que mi padre no era un político ni personaje de relevancia, era un simple ciudadano. ¿Dónde ha quedado el artículo 14 de la Constitución Española que dice que “los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”? ¿Por qué no se pone algún político en mi lugar? Todavía hay clases. Me decían y me aconsejaban que no utilizase la palabra “asesinato” para referirme al caso de mi padre, pero no puedo verlo de otra forma. Esto no es duro, esto es más que eso. Físicamente estamos agotados, pero psicológicamente estamos aun peor. Ahora te digo, Papá, ese ciudadano ejemplar, allá donde estés sabes que te quise, te quiero y por siempre te querré. No te pude velar como me hubiera gustado, pero cuando todo esto acabe tendrás una fiesta como mereces: con los tuyos, con todos los que te queremos. Ahora estás en muy buena compañía. Mamá se habrá puesto loca de contenta al haberte visto aparecer. ¡Cuidaos mutuamente! De una hija que, impotente, intenta buscar una explicación en el sistema que es capaz de hacer un triaje vital no consentido con sus ciudadanos. * Gema López-Rey Jiménez reside en Madrid. Si tú también quieres compartir tu testimonio sobre cómo estás viviendo la situación provocada por el coronavirus puedes hacerlo escribiendo a testimonioscoronavirus@abc.es Debes indi carnos tu nombre completo, DNI y lugar de residencia. Seleccionaremos las historias más representativas para publicarlas en ABC.es
  4. La Guardia Civil ha comunicado que multiplicará los controles nocturnos a las salidas de las grandes ciudades para evitar que se produzcan desplazamientos injustificados coincidiendo con la Semana Santa en horario de madrugada, en las que «se cree que la vigilancia es menor». Aparte de controles móviles, la DGT y la Dirección General de Carreteras han establecido 150 puestos de control destinados a este fin, en los que se comprueba que la circulación de coches ligeros está ligada a actividades esenciales. El tráfico de mercancías no está limitado. Los datos de Guardia Civil a fecha del viernes -que en términos normales hubiera registrado una de las grandes operaciones salida de la Semana Santa- son que los movimientos de vehículos particulares se han reducido un 87,29%. Se cifra que salieron 144.932. Por zonas, el Instituto Armado sitúa la mayor bajada, de un 90,76% en un área que ocuparía gran parte de Castilla y León, Cantabria y el este de Asturias. En el lado contrario se describe una región comprendida por Aragón y Navarra, en la que el tránsito de coches ha disminuido solo un 81,06%. El objetivo que se marcó el Gobierno para toda España es del 85%.
  5. Sabadell se ha convertido ya en uno de los símbolos de la aportación de las Fuerzas Armadas a la sanidad en la lucha contra el coronavirus: 210 camas montadas en apenas cinco días en una cubierta de atletismo. Mañana se espera acabar esta obra. Luego la Generalitat deberá instalar otros materiales, como oxígeno, para que comience a atender enfermos. Junto a este en Cataluña, una veintena de hospitales de campaña han sido instalados por el Ejército de Tierra, con su Mando de Ingenieros como punta de lanza: el MING, con base en Salamanca. Y un hospital de este tipo no son solo camas, también equipos eléctricos, fontanería, baños, duchas... Como en Ifema (Madrid), la Fira de Barcelona, Segovia, el Gregorio Marañón, La Paz o el Doce de Octubre, estas instalaciones militares de apoyo están resultando fundamentales para derivar pacientes y descongestionar los hospitales de casos más críticos. Uno de sus «hombres en la sombra» es el capitán Alejandro López, jefe de la 3ª Compañía del Batallón de Castramentación... o lo que es lo mismo la unidad que se dedica al «arte de levantar campamentos militares». Con meticuloso planeamiento, cada vez que se demanda un hospital de campaña a petición de una autoridad, el MING envía a una unidad de reconocimiento que tras hacer una evaluación propondrá los materiales civiles o militares que se utilizarán. «Luego una unidad de montaje procederá a su instalación, formada por unos 40 militares, divididos en el montaje propiamente dicho, electricidad y aguadas [fontanería]», explica el capitán López, desplazado estos días a Sabadell, y esos otros lugares, desde su natal Villoria (Salamanca). Es el líder de estos «manitas». «Como Ejército queremos apoyar a la sociedad contra la propagación del virus», declara orgulloso en conversación telefónica. «El apoyo de las Fuerzas Armadas al sistema sanitario frente al Covid-19 también se sustancia en otras tareas como son el transporte de fallecidos por parte de la UME o el transporte de ambulancias, con solicitudes puntuales», explica el teniente coronel Alberto Fajardo, jefe de operaciones del Mando Componente Terrestre de la Operación Balmis. Además, hasta el 2 de abril, se ha intervenido en 587 hospitales y 2.111 residencias de mayores en labores de desinfección. «Una misión clave en la lucha contra el coronavirus», destaca el teniente coronel Fajardo. La Brigada de Sanidad del Ejército de Tierra y el Centro Militar de Farmacia de la Defensa, dedicado a la producción de medicamentos, son otras unidades volcadas en la lucha contra el coronavirus. «Todas las capacidades al servicio de la ciudadanía».
  6. Miércoles, siete de la tarde. El Hospital Central de la Defensa Gómez Ulla, en Madrid, se encuentra en una situación límite. La atención en los triajes de coronavirus, donde se clasifica la gravedad de los pacientes conforme llegan, trabaja a destajo; las camas de urgencia y las unidades de cuidados intensivos están repletas. En el gimnasio, convertido en sala de rehabilitación por la pandemia, también se agolpan pacientes. «Al máximo de capacidad», reconocería un portavoz del Ministerio de Defensa. La ola más fuerte del Covid-19 golpea duro al hospital del Ministerio de Defensa que, integrado en la red de hospitales de la Comunidad de Madrid desde 2010, atiende principalmente a los ciudadanos del barrio de Carabanchel (unas 105.000 «cartillas» de civiles a su cargo) aunque todo aquel que se presente desde otra zona será atendido, claro. Sábado, once de la mañana. Algo ha ocurrido. De repente, «el Vietnam del coronavirus» ha concedido una tregua. «Es la esperanza, aunque no hay que fiarse. El fin de semana pasado también sufrimos una leve mejoría. Y luego vino el pico del miércoles», destaca el general de brigada Miguel Fernández Tapia-Ruano, director de este imponente hospital de 22 plantas que comenzó a recibir enfermos en 1896, en otro momento crítico de la historia de España, con el inicio de la Guerra de Cuba. Capacidad reforzada «Hemos reforzado las camas de UCI, cuadruplicándolas hasta 32; las camas de urgencia han pasado de 14 a 73; y las camas de hospital se han duplicado también, con 549, estando ocupadas al 95 por ciento por casos de Covid-19», informa por su parte el general de división Antonio Ramón Conde, inspector general de Sanidad de la Defensa, encargado de desarrollar y planificar la política sanitaria de las Fuerzas Armadas. Experimentado en casi todas las misiones militares (Afganistán, Irak,...), nunca vio nada igual: «Su alto contagio, la tasa de mortalidad, la gran afluencia de pacientes en los hospitales y el desconocimiento que aún tenemos del virus suponen un reto». Cada mañana participa en una videoconferencia con todos los responsables de hospitales de la Comunidad de Madrid junto al consejero autonómico para intercambiar impresiones sobre la evolución de la pandemia. Advertencia que nos lanza: «No es una enfermedad de mayores. Ni mucho menos, aquí atendemos a muy jóvenes. El menor tenía 14 años. Hay que seguir las recomendaciones de confinamiento siempre que sea posible». Un dato que nos adentra en la esperanza del Gómez Ulla: desde las tres de la tarde del viernes a las ocho de la mañana de ayer ingresaron «sólo» 35 pacientes por coronavirus, cuando la semana anterior y el inicio de esta eran unos 80 en esa misma franja horaria. Junto a estos dos generales médicos militares y el teniente Antonio García Sillero, jefe de Seguridad del Gómez Ulla, ABC recorre un hospital donde se palpa la tregua. Pero repiten: «No hay que fiarse». Médicos y enfermeros así lo atestiguan. Civiles y militares juntos. Si hay una institución donde la simbiosis entre sociedad y Fuerzas Armadas se puede contrastar estos días esta es el hospital Gómez Ulla. De los 311 médicos que hay en el Hospital Central de la Defensa, 172 se dedican ahora al coronavirus. Una de de ellas es María Victoria Lorenzo, una civil residente de primer año que tras acabar sus estudios de Medicina en la Universidad de Lérida pidió plaza aquí en la especialidad de Rehabilitación. Junto al teniente enfermero Gonzalo Rivas, del Ala 48 del Ejército del Aire, atiende a una de las pacientes recién ingresadas. El teniente Rivas es uno de esos militares de apoyo desplazados por los Ejércitos al Gómez Ulla. Otros, no sanitarios, también se han desplazado. Por ejemplo, una unidad de 200 militares del Ejército de Tierra ha reforzado su cocina, mantenimiento (albañiles, fontaneros...), servicio de celadores... Todo lo necesario para que este pequeño «ejército» civil y militar de 2.514 trabajadores afronte con garantías la lucha contra el coronavirus. Al Gómez Ulla llegaron el 31 de enero los primeros casos de Covid-19 en nuestro país. Fue la veintena de españoles repatriados de la «zona cero» de Wuhan (China) y que afrontaron la cuarentena en su planta 17. «A posteriori esto ha sido una ventaja. Unido a nuestra formación en NBQ [defensa nuclear, biológica y química] y los equipos de protección individual, mascarillas y respiradores con que contábamos, los protocolos que aplicamos con esos primeros pacientes de Wuhan durante su estancia nos han permitido afrontar la crisis actual con más garantías», explica el general de división Antonio Ramón Conde. La tasa de contagios entre el personal sanitario de este hospital se sitúa en torno al 10 por ciento, por debajo de la media nacional. Otra de las ventajas del Gómez Ulla es que cuenta con dos contenedores clave en su quehacer. El primero, proporcionado por el Ejército del Aire, es un generador de oxígeno para rellenar las botellas, vitales para los pacientes de Covid-19 que tienen problemas respiratorios; el otro, del Ejército de Tierra y con una cruz roja bien visible en su color caqui militar, es una morgue adicional que se tuvo que habilitar ante la afluencia de cadáveres de la semana pasada en la morgue propia del hospital. A la espera de la UME Sin familiares, sin duelo, sin un último adiós, los cuerpos de los fallecidos por coronavirus son envueltos en un doble sudario, se meten en bolsas y se procede a desinfectar el ataúd de la funeraria correspondiente. A este lugar llegarán los efectivos del Gietma de la Unidad Militar de Emergencias para trasladarlos al Palacio de Hielo o a las otras morgues de Madrid. Así se cierra el círculo maldito del coronavirus: 11.744 fallecidos en toda España, hasta ayer. Es la pandemia que puso de relieve que las Fuerzas Armadas no son un gasto superfluo. Pero la visita de ABC al Gómez Ulla no merece este final. La soleada mañana nos ha revelado otro mensaje: «Hay esperanza. La lucha está sirviendo para algo, esto hace tres días era una situación completamente diferente», nos despide el teniente Sillero. Es la esperanza del Gómez Ulla tras las 72 horas más decisivas.
  7. No parece que Pedro Sánchez esté por la labor de someterse a ningún control. Ni al político ni al sanitario. El hombre parece haber descubierto que hay dos abracadabras que le permiten abrir cualquier puerta: «actividad esencial» e «interés general». La invocación del primero le permite saltarse el confinamiento domiciliario -y en su caso la cuarentena- para dejarse ver en Móstoles, escoltado por los servicios de propaganda de Moncloa, animando a los empleados de una fábrica de respiradores. Ahí tienen el titular que buscaban sus lameculos: Sánchez, a la cabecera de la resistencia cívica. Y también del discurso esperanzador: «Venceremos al virus mucho antes de lo que esperamos y prevemos». Y lo más asombroso es que se permite el lujo de decirlo, además, apelando a los valores de la ejemplaridad y la determinación. Hay que reconocer que los tiene más grandes que el caballo de Espartero. ¿Ejemplaridad? ¡Pero si él se pasa por el arco del triunfo las normas de aislamiento que impone a los demás! ¿Determinación? ¡Pero si ha convertido su actividad política en una prueba de slalom gigante! Cambia de dirección con la misma rapidez con la que enmienda sus propios decretos. Tampoco parece que el control político le preocupe demasiado. En un dadivoso gesto de apertura a la oposición, ayer tuvo a bien llamar por teléfono a sus líderes respectivos para que no se enteraran por la prensa de lo que la prensa ya había anticipado cuarenta y ocho horas antes: que iba a prorrogar el estado de alarma varias semanas más. El hecho mismo de que ese gesto trivial de levantar el auricular telefónico se convierta en noticia de primera plana ya da buena cuenta del respeto que siente por la unidad política que tanto reclama cada vez que invade las salas de estar de los confinados a la fuerza. Debería leer a Felipe González. «En situaciones de crisis como la actual -ha escrito el ex presidente en El País-, el Gobierno tiene que contar con todas las fuerzas políticas para llegar al máximo consenso en las medidas que hay que implementar». González no entiende que no haya sesiones telemáticas de control parlamentario. Y los ciudadanos, conminados a practicar el teletrabajo, tampoco. Pero a Sánchez el control político se la sopla. Y el periodístico, también. De ahí que su mozo de espadas le proteja de las preguntas más incómodas cada vez que convoca una rueda de prensa. En el colmo del «abracadabrismo» del interés general, Sánchez ha permitido que su vicepresidente segundo, cada vez más cerca de ejercer como primero, amenace con utilizar el artículo 128 de la Constitución para subordinar toda la riqueza del país, en sus distintas formas, a sus particulares criterios de lo que significa el bien común. No hay duda de que la tentación estatalizadora de Iglesias pretende deglutir a las empresas privadas en las fauces insaciables del sector público, y que al permitir esa proclama ideológica, Sánchez se convierte en partidario aparente de semejante remedo bolivariano. ¿Quién decide lo que es el interés general? Y más con el parlamento cerrado a cal y canto. ¿El dueño del BOE? ¿El liberticida que se aprovecha de los poderes especiales que le otorga la ley durante una pandemia para liquidar los pilares de la democracia? Vuelvo al artículo de González en El País: «El interés general nos obliga a defender nuestro aparato productivo sin escatimar esfuerzos. No habrá empleo sin empleadores, y las empresas privadas podrán ser sustituidas por la tentación totalizadora que nos conduciría al fracaso». Ya se ve que lo que está en juego no es solo pararle los pies al condenado bicho que propala el mortífero coronavirus por doquier, sino también bajar del ensueño revolucionario a los descerebrados que pretenden llevarnos de nuevo al paraíso comunista que tanto bienestar le ha reportado al hombre. Pincho de tortilla y caña a que es más fácil lo primero que lo segundo. La vacuna del Covid 19 está en marcha y llegará antes o después. La del impulso totalitario que anida en el ser humano, en cambio, ni está ni se le espera. Sin sobredosis de democracia, ese otro virus nos joderá vivos.
  8. No fue una negociación fácil ni rápida. La economía española estaba atravesando una situación dramática y la Transición se hallaba en una encrucijada. Pero al final todas las fuerzas políticas se pusieron de acuerdo. Los Pactos de La Moncloa se firmaron el 25 de octubre de 1977, cuatro meses después de las primeras elecciones generales democráticas. Tan sólo habían transcurrido siete meses tras la legalización del Partido Comunista en aquel Sábado Santo Rojo. Los Pactos de La Moncloa, en plural, incluían dos acuerdos, sustentados en sendos documentos: uno, económico y otro, político. En el primero, se incluían una serie de medidas de ajuste para estabilizar una economía muy dañada por el impacto de la crisis del petróleo en la década de los 70. En aquel año, el paro creció en un millón de personas, una cifra récord, mientras que la inflación interanual superó el 30% en algunos meses. La peseta había tenido que ser devaluada en julio. En el acuerdo político, se incluyeron iniciativas tan relevantes como la tutela de la igualdad de la mujer, la libertad de prensa y la eliminación de la censura, el reconocimiento del derecho de reunión y de libre expresión de las ideas, el derecho de asociación sindical, la despenalización del adulterio y la supresión del Movimiento Nacional. Unas reformas de gran calado que luego se plasmarían en leyes, entre ellas, la modificación del Código Penal. La idea de unos pactos para afrontar la crisis y consolidar la Transición surgió en julio de 1977 con el nuevo Gobierno de UCD, presidido por Adolfo Suárez, que había ganado las elecciones de junio sin mayoría absoluta. UCD había sacado 165 escaños, muy por delante del PSOE, convertido en segunda fuerza política. Alianza Popular, el partido del franquismo, se había estrellado con tan sólo 16 escaños. Suárez nombró al eminente catedrático Enrique Fuentes Quintana ministro de Economía y vicepresidente segundo del Gobierno, una persona con autoridad académica para pilotar aquel difícil momento. Fuentes designó subsecretario a Manuel Lagares, catedrático de Hacienda, que tendría un importante papel en la redacción del acuerdo económico y como confidente de sus frustraciones. Nada más constituirse el nuevo Gobierno, en julio de 1977, el superministro y Adolfo Suárez hablaron de la necesidad de unos pactos para estabilizar una situación económica descontrolada que había provocado un fuerte aumento del gasto público en un clima de crecientes reivindicaciones de los sindicatos. «O hay un gran acuerdo o la democracia puede venirse abajo», advirtió Fuentes. Pero la idea de un compromiso entre todas las fuerzas políticas topó en aquel momento con una dura contestación de los barones de UCD, que creían que era mejor aplicar las recetas del recién creado partido sin pactar con la izquierda. Suárez no se quiso enfrentar a las familias de su formación y optó por una ambigua equidistancia que provocó el desaliento de Fuentes Quintana.En aquel mes de agosto, el nuevo responsable de Economía huyó de Madrid y se marchó a las playas de Huelva, junto a su amigo Juan Velarde. Fuentes Quintana se había comprometido a impartir un curso en la Universidad de La Rábida. Según fuentes muy cercanas al catedrático, llegó incluso a sopesar su dimisión al dudar del apoyo de Suárez. Pero la situación se desbloqueó a primeros de septiembre con una entrevista entre el presidente y Felipe González, que se comprometió a impulsar un gran compromiso político y económico. El Rey Don Juan Carlos era un decidido partidario de ese acuerdo y se lo hizo saber con discreción a las fuerzas políticas. Sabía que, si los pactos llegaban a buen término, la institución monárquica habría dado un gran paso para su consolidación. Fue a partir de ese momento cuando surgieron los contactos que desembocaron en grupos de trabajo para perfilar los futuros Pactos. Fernando Abril Martorell, ministro de Agricultura y amigo de Suárez, llevó el peso de las negociaciones por parte de UCD. En el Partido Comunista, Ramón Tamames tuvo un importante protagonismo, al igual que Alfonso Guerra en el PSOE.Es importante subrayar que, en el verano de 1977, las relaciones entre el PSOE y el PCE eran prácticamente inexistentes tanto por su rivalidad electoral como por el pasado reciente, que había acrecentado una profunda desconfianza. Los dos partidos habían sido incapaces de coordinar su oposición en la etapa final del franquismo, creando dos organizaciones paralelas: la Junta Democrática, encabezada por la formación de Santiago Carrillo, y la Plataforma Democrática, liderada por el PSOE. Los dos partidos hegemónicos de la izquierda decidieron colaborar con Suárez y sentarse en la mesa de la negociación, sin lo cual hubiera sido imposible cualquier entendimiento. «Carillo tenía que demostrar que no tenía cuernos ni olía a azufre», señala uno de los dirigentes que participaron en las conversaciones, que subraya el sentido del Estado que demostró el líder comunista en aquellos meses posteriores a las elecciones. Cuando el texto estaba muy avanzado, Fuentes Quintana llamó al Ministerio al economista Julio Segura, entonces militante del PCE, y le permitió leer el borrador en un despacho sin la posibilidad de sacar una copia. Segura expresó su conformidad y le transmitió a Carrillo que no había obstáculo para su firma. También Suárez, Fuentes Quintana y Abril Martorell lograron disipar los recelos de los barones de UCD, que se dieron cuenta de que la situación económica era insostenible. El entonces gobernador del Banco de España, el exministro López de Letona, había advertido de que no había fondos para financiar las importaciones y seguir sosteniendo la peseta, en caída libre. A mediados de octubre, se había llegado a un acuerdo por el que la izquierda y partidos nacionalistas como el PNV y CiU aceptaban un plan de ajuste económico que eliminaba la indexación de los salarios a la inflación, una medida necesaria para contener los precios, devolver la confianza a los mercados e incentivar la inversión. También se pactó una reforma fiscal que se traduciría al año siguiente en la ley del IRPF, que suponía una gran modernización del sistema impositivo que venía del franquismo. Por último, se flexibilizó el despido, aunque con serias limitaciones. A cambio, UCD asumía importantes concesiones políticas, que no fueron aceptadas por Alianza Popular, el partido que lideraba Manuel Fraga y que incluía a importantes figuras del franquismo como el tecnócrata Silva Muñoz, Cruz Martínez Esteruelas, Licinio de la Fuente, López Rodó y Gonzalo Fernández de la Mora, uno de los ideólogos del régimen del yugo y las flechas. En consecuencia, Fraga no suscribió el documento político, pero sí el económico. El 25 de octubre se produjo la ratificación de los Pactos por los líderes de los partidos. Por parte de UCD, firmó Leopoldo Calvo Sotelo, futuro sucesor de Suárez. González y Carrillo lo hicieron por sus dos formaciones. También se sumaron el PSP de Tierno Galván y el PNV y CiU. Semanas después, fueron aprobados por el Congreso y el Senado. Los Pactos estuvieron en vigor durante un año en el que se tradujeron en leyes y decretos. Pero a, finales de 1978, con la Constitución ya aprobada y la Transición prácticamente concluida, las fuerzas políticas reanudaron su pugna en un clima de aumento de la crispación. El PSOE decidió entonces intensificar su oposición al Gobierno de Adolfo Suárez, que empezaba ya a mostrar sus primeros síntomas de descomposición. Todo ello se produjo en las vísperas de las nuevas elecciones generales de marzo de 1979, en las que UCD revalidó los resultados cosechados dos años antes. El PSOE se perfiló como la alternativa con 121 escaños, aunque hubo una cierta frustración en sus filas porque las expectativas eran más elevadas. Por el contrario, el apoyo al Partido Comunista y a Alianza Popular fue mínimo, lo que creó una importante crisis interna en ambas formaciones. Con la perspectiva que ofrecen las cuatro décadas transcurridas, los Pactos de La Moncloa supusieron no sólo un impulso a la recién nacida democracia sino que además transmitieron un potente mensaje de unidad a la sociedad española, demostrando que los partidos eran capaces de llegar a acuerdos en una situación de extraordinario deterioro de la economía.Tan sólo cuatro años después, el PSOE ganaría las elecciones con una aplastante mayoría absoluta mientras UCD desaparecía del mapa. Nadie lo hubiera dicho en aquel otoño de 1977 cuando el desaliento y la incertidumbre hacían necesarios aquellos históricos Pactos de La Moncloa.
  9. En esta segunda parte de la entrevista con ABC, la presidenta de la Comunidad de Madrid, analiza cómo ha funcionado la coordinación entre las regiones y con el Gobierno central. ¿Cuándo empezaron a ser conscientes de la gravedad de esta situación? A toro pasado todo es más fácil entenderlo y todos hubiésemos hecho cosas de otra manera. Hay que ordenar las culpas: la culpa es de un virus, de una pandemia. De una información que no nos llega al resto de los países. Sí que es cierto que hubo una especie de relajación por parte de la Autoridad Nacional Sanitaria. La OMS fue avisando de que había signos, al igual que en Italia. Hubo una cierta confianza. ¿Cuándo lo aborda su Gobierno por primera vez? Nosotros hacia el 6 de marzo decretamos el cierre de los centros de día de mayores. Y restringimos las visitas a residencias. Ya llevábamos semanas comprando material porque percibíamos que seguían subiendo los enfermos. Vimos que o hacíamos cierres radicales de cierre de actividad o la ola hubiera supuesto que la gente se nos muriera en la puerta de los hospitales. Nuestra reacción movió a toda España. ¿Y cuánto lo plantean por primera vez al Gobierno? Una o dos semanas antes del fin de semana del 8 de marzo nuestro consejero iba hablando con el ministro y le iba trasladando los datos. Pero el Ministerio de Sanidad tenía claro que esto estaba controlado y que iba despacio. ¿El Gobierno estaba en una estrategia de no alarmar? No sé si ha sido por un cálculo político o por falta de información. Sí sé que hemos ido mal en el tiempo. Y esto ha hecho que hayamos sido un país que no ha controlado su epidemia. Que no sabe cuánta gente se ha contagiado y que no ha podido adelantarse a hacer unas compras cuando podíamos porque cuando en la ola estábamos China e Italia teníamos el mercado despejado. Ahora es una jungla. Es lo más traumático que he vivido después de los fallecimientos. El hecho de querer comprar y no poder. Han estafado a gobiernos autonómicos, a países. Nadie se libra 100% de que te pase esto. ¿Son suficientes las competencias autonómicas? ¿O se necesita un estado de alarma duradero? Cuando la Comunidad de Madrid ha tomado sus propias decisiones ha funcionado mucho mejor. Cuando se han decretado los mandos únicos todo se ha ralentizadlo y ha ido a peor. Pero lo importante ahora es tener información. Sí avanzamos todos juntos evitaremos todo esto. ¿No funciona el mando único? Esto sí ha ayudado a mejorar el diálogo entre Comunidades Autónomas. Pero el mando único yo no he sentido que nos haya servido para protegernos, para cuidarnos ni para hacer estrategias comunes. No las ha habido. ¿Pero es un problema de concepto o de cómo y cuándo se ha aplicado? Yo cuando decretó el estado de alarma le apoyé públicamente. Pero han pasado las semanas y lejos de ayudar esto no ha servido para nada incluso ha entorpecido compras. Nosotros íbamos comprando material y después de esto hemos tenido un patrón de compras y de material. Hasta que cambió el criterio, y ya pudimos cada uno lanzarnos a la aventura. ¿Ha quedado de manifiesto falta de competencias del Ministerio de Sanidad? Con ideas clara no tiene que ser un problema. Ni siquiera tengo una mala opinión del ministro. Creo que simplemente sin gestión y en tan pocos meses... siendo una cuota del Gobierno que parece que pertenecía más al nacionalismo que a la gestión. En el Gobierno hay grandes gestores y buenos ministros, pero también hay una parte importante que está para gestionar sentimientos y no saben gestionar otra cosa. «Hemos tenido buena relación con Robles. Ha sido la ministra que al menos se ha puesto en contacto y ha ayudado» ¿Y qué ministros sí le gustan? Hemos tenido buena relación con Robles. Ha sido la ministra que al menos se ha puesto en contacto y ha ayudado. Ha sido de esta crisis la que me ha sorprendido para bien. ¿Si tuviera que definir con una palabra su relación con Pedro Sánchez, cuál sería? No hay. ¿No hay relación? Epistolar. Donde yo le escribo y no contesta. Todavía nunca me había recibido. Hablamos cinco minutos un día en un congreso, precisamente el día que decreté el cierre de colegios. Pero porque coincidimos. ¿Qué futuro le ve a la legislatura nacional? A la crisis sanitaria se le une otra crisis económica, sin precedentes. Y la izquierda no ha sabido gestionar las crisis económicas nunca. Los dogmas y los socios de gobierno del socialismo lo van a impedir. Para ellos, y especialmente para el ala más dura del Gobierno, lo ideal es que todos los ciudadanos dependieran de una paga, que todo el mundo dependiera del Estado. Imponer un Estado paternalista. Desconozco cómo va a ser la legislatura. Pero los mantras de los independentistas, de los que pretenden dividir a las mujeres entre buenas y malas, los que han intentado meternos estas banderas divisorias en los debates, todos ellos son inservibles ahora mismo en esta situación. Hace falta gente con sentido de Estado. Si se piensan que salir de esto va a ser sin el empresario, el autónomo, sin el comerciante… como no se rompa con esos estigmas de que solo lo público puede con esto, si esa parte más radical del Gobierno sigue imponiéndose, desde luego España no se recupera en muchos años. Deseo que al menos en la parte económica el ala más dura del Gobierno se aparte porque ya bastante daño están haciendo.